buscar o no buscar

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Para unos padres como nosotros, más pronto que tarde, te atreves a asomarte por la peligrosa ventana de internet a un océano infinito de información. De primeras, te sentirás perdido en esa inmensidad, como flotando a duras penas con ayuda de unos ridículos manguitos tras un naufragio. La misma sensación que pueda tener un niño que contempla el mar por vez primera, que le atrae y le impone respeto a partes iguales.

Sé que muchos lo desaconsejan pero es algo muy difícil de evitar. Si tienes los medios y sabes cómo hacerlo, se convierte en una tentación imposible de aplacar. Piensa que te comienzan a hablar los médicos en unos términos incomprensibles, que las consultas se te hacen muy cortas y que el día tiene muchas horas para darle vueltas a la cabeza, para sembrar y hacer brotar muchas dudas.

No puedes aguantar hasta la siguiente consulta, necesitas comprender mejor lo que te han dicho, necesitas contrastar, comparar, descartar. Sientes que vas a ser capaz de ver ese algo que no ha visto el médico y que le haga cambiar su parecer en la próxima visita.

Personalmente, no veo con malos ojos el hecho de bucear en internet, a la búsqueda de información que nos pueda ser de utilidad para entender mejor lo que les pasa a nuestros hijos. Ahora bien, hay que ser sensato y tener claras algunas reglas básicas.

Lo más básico es ser consciente de que, para que algo valga la pena ser explicado en internet, deber ser algo que se salga de lo normal. Es decir, no hay muchos artículos contados al detalle sobre el resfriado común. Eso ya está superado y no interesa mucho. Así que prepárate a encontrar casos clínicos muy, muy especiales, habitualmente acompañados de un repertorio de imágenes que no son nada fáciles de digerir para alguien profano en la materia. Desde luego, no es la mejor lectura para antes de ir a dormir.

Luego vienen los síntomas o las manifestaciones que sugieren a un médico que estamos ante un cuadro o síndrome y no otro. Por cierto, síndrome no significa, de por sí, nada grave. Sólo quiere decir que algo presenta varias características al mismo tiempo. Al ritmo que la ciencia avanza, hay investigadores que son capaces de advertir la concurrencia de varios síntomas que se repiten de unos pacientes a otros y, entonces, a ese cuadro, se le identifica con el nombre del investigador que lo descubrió. Luego llegarán otros compañeros que matizarán y ahondarán en sus descubrimientos, y eso puede dar lugar a variantes del cuadro inicial.

En fin, no te dejes intimidar por algún nombre de un síndrome que se sospeche que comparte tu hijo. Se puede tratar, seguramente, de eso, unas sospechas muy iniciales, que más tarde se confirmarán o no. Y si te decides a investigar por tu cuenta en internet, no te apuntes a lo primero que leas.

Que tu hijo tenga 3, 4 o 5 síntomas de un síndrome no quiere decir absolutamente nada si el cuadro completo suele tener 8 o 10 síntomas. Piensa que esos síntomas los comparten miles de cuadros o enfermedades, no tiene entonces sentido que te preocupes a la primera de cambio. Hay muchos tipos de pruebas de descarte, para confirmar si se da o no una enfermedad, y pasan por análisis clínicos hasta exámenes genéticos o radiológicos. Desde luego, una enfermedad rara no se diagnostica en la primera visita.

Si estás buscando en internet acerca de alguna enfermedad en particular, has de tener cierta seguridad sobre las páginas que visitas. Sobretodo lo actualizado de la información que manejas. Te aseguro que diez años pueden ser una eternidad en este tipo de asuntos.

Pon en cuarentena todo lo que pase por tus manos. Guárdalo a un lado y sigue buscando en esa misma línea, hasta que puedas tener una idea bien clara y definida que te p ermita dar por buena esa información. Luego, recuerda que no eres médico, así que no te permitas tener la ultima palabra en nada que pueda afectar a tu hijo. No te cortes en preguntar, sobretodo a tu pediatra. No te permitas irte de la consulta con ninguna duda en la cabeza pero tampoco te obsesiones con algo.

Si una opinión no te convence, por lo que sea, porque no la entiendes, porque no entra en detalle o porque pienses que no te ha entendido bien el médico a la hora de plantearle tus dudas, búscate otra segunda opinión. Las que quieras, aunque, cuando lleves quince que te dicen que “no”, deberías empezar a sospechar que quizás sea que “no”. De verdad, esto es serio y debes estar siempre convencido de las decisiones que vayas tomando, aunque te recuerdo que el tiempo también es una variable importante en la solución de los problemas y aquí es crucial. No lo malgaste persiguiendo fantasmas.

Habla, habla mucho con tu pareja, con otros padres. La diversidad de puntos de vista enriquecerá también tu perspectiva. Aprende de los errores de otros y comparte los tuyos, verás como poco a poco te sentirás más suelto manejando esos términos médicos que tanta bola se te hacían al principio.

Por cierto, hay una cuestión que siempre trae de cabeza a los padres, incluso desde el embarazo. Son los dichosos percentiles. No son más que datos estadísticos que sirven de referencia al médico que os hace el seguimiento. No os podéis obsesionar con unos datos que son super sensibles a la forma de tomarse, tanto que calcularlos con un día o un milímetro arriba o abajo de diferencia puede traducirse en resultados muy, muy distintos. Insisto, son sólo una referencia, pero no son nada más por sí solos. Echa un vistazo a tu entorno y piensa en qué perceptibles estarían todos los adultos que conoces, altos, bajos, gordos, flacos… Y no pasa nada.

En fin, entiendo que el uso de internet, mal manejado, puede ser muy perjudicial para tus nervios pero, con una correcta asimilación de lo que encuentras, en ocasiones puede reportar mucha tranquilidad a los padres, aunque sólo sea por sentirse cada vez más seguros navegando por ese gran océano, cambiando los manguitos por un flotador, o por una colchoneta, o por una barca…

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