dos de corazones

altAv1wZitR-Gr0gJZLwil52tkgQ_4iE5DhXG1Bz0VE-2C7

Lo siguiente bien podría pasar por una leyenda, por un mito inventado o hasta una película de esas de sobremesa, por lo intenso de la historia, por la cantidad de detalles que os parecerán increíbles y más aún si los multiplicamos por dos.

Don Gonzalo y Don Rodrigo -me encanta llamarlos así, por lo castizo y señorial de sus nombres- son dos hermanos mellizos que, a sus tres añitos suman ya más batallas a sus espaldas que todos nosotros juntos. Están aquí, en este mundo, contra todo pronóstico, riéndose de las estadísticas y de las caras que se les quedaron a sus médicos que ayudaron a obrar el milagro.

Sus padres, Sergio y Elena, por cuestiones de trabajo, llevan años viviendo fuera. Por aquel entonces, estaban en Antalya, una famosa playa de Turquía. Elena contaba ya 20 semanas de embarazo cuando, un día, comenzó a sangrar y, en el hospital, no eran capaces de encontrar latido alguno.

Tuvo que tomar un avión para Estambul, a otro Centro con más medios. Las dos horas de vuelo le hicieron dilatar unos cuatro centímetros, por lo que decidieron aplicarle un cerclaje, una técnica de contención de cervix para evitar un parto prematuro. De ahí, a casa, con reposo absoluto. Absoluto, quiere decir eso, absoluto, ni tan siquiera le permitían un cambio de vez en cuando a otro sitio que no fuera su cama.

Alcanzadas las 24 semanas, comenzó con contracciones. Gonzalo no pudo esperar más y nació un 24 de agosto con apenas 630 gramos de peso. A Rodrigo lo intentaron mantener dentro de la madre, medicándole para acelerar la maduración de sus pulmones. Sólo aguanto un día más, naciendo el 25 con 650 gramos.

Los zapatos que llevamos no pesan mucho más que eso. Estoy seguro de que más de uno se ha comido chuletones más grandes alguna vez.

Unas quince personas asistieron al parto, y trajeron al mundo dos cositas tembloronas, con la piel aún transparente y los ojos todavía pegados. Algo parecido a unos cachorrillos que metieron en unas sofisticadas incubadoras que pretendían asemejarse lo máximo posible al vientre de la madre. Una madre que necesitó tres bolsas de plasma durante el parto -los partos-.

Esos médicos, con todos los años de experiencia que acumulaban entre ellos, no eran capaces de arrojar un mínimo optimismo para los chiquillos. Estamos hablando del American Hospital de Estambul, un centro privado de referencia, no ya en el país, sino en toda la región, cuyos servicios son tan extraordinariamente buenos como caros. Un dato, y del que podemos estar todos orgullosos es que, en un país como el nuestro, todos estos cuidados están perfectamente cubiertos por nuestro sistema sanitario.

Los padres no pudieron ver a los niños hasta que no pasaron tres días con sus tres eternas noches. Sólo entonces pudieron pasar a la UCI de neonatos a conocerlos. Eso es duro.

Intubados, con continuas transfusiones, sin tiroides, operados de algunas dolencias sobre la marcha, en fin… una auténtica montaña rusa de noticias y emociones, que se alargó hasta los 102 días para Rodrigo y 123 para Gonzalo. Salieron de allí con más de dos quilos de peso y sin necesidad de ayuda para comer o respirar.

Elena nos cuenta ya todo esto con emoción, pero con ningún gesto de pena. No mucha gente puede contar una experiencia como esa y con final feliz, y es plenamente consciente ello.

Se llevan, además de sus niños sanos, una madeja de hilos que les vincularán, para siempre, con buena parte del personal del hospital. No os podéis imaginar lo que une algo así, y es algo que no entiende de idiomas ni cultura.

Lo sorprendente no queda ahí. Ahora viven en Shangai, donde Gonzalo va a un cole normal y, siendo de los más pequeños de su clase, el personajillo domina dos idiomas, el chino y el inglés, además de su español materno.

Rodri necesita algo de más ayuda. Físicamente, está hecho un torete, y le encanta correr y nadar. Presenta un trastorno general del desarrollo. Hasta hace poco, parecía no reaccionar a los cambios del entorno. Si el hermano le quitaba algo, si le apagabas la tele, no le importaba en absoluto. Ahora tira de genio y hasta se pelea con su hermanito. Toda una buena señal.

Está yendo a terapias con logopedas y ocupacionales. Poquito a poco, vamos viendo al verdadero Rodrigo.

Dicen que los hermanos que comparten una misma barriga, cuando nacen, permanecen unidos irremediablemente el resto de sus vidas. Es una relación increíblemente especial. Serán inseparables.

Por cierto, me guardo el mejor detalle de la historia para el final. Para que veáis si funcionan esas terapias, el bueno de Rodri le regaló a su hermano hace poco un pedazo de abrazo con todas sus fuerzas, con todo el cariño, como si se lo fueran a quitar… ¿No es para comérselos?

altAoyS2w5LzMFkjVVGoIKoqZ6LUSBT8eXKKE3mdWqDUTxv

20070530220358-2decorazones

duele

6f60f01362_54906967_o2_thumb

Claro que duele, y es normal. Creo que me puedo hacer una idea de por lo que estás pasando ahora.

Imagino que aún no te crees lo que te acaban de decir y que sigues pensando que todo será un error del pediatra. Miras y miras a tu hijo, y lo ves ahí, dormidito, en su cuna, tan normal. No puede ser verdad.

Cuesta asumirlo, y es completamente normal. Pasarás las noches en tu cama, escribiendo con la mente en la pizarra de tu techo mil veces “no puede ser verdad, no puede ser verdad”… y, créeme, será una auténtica tortura, pero normal.

Todo lleva su tiempo, y que tu abras los ojos también. Tranquilo, no pasa nada. Todo esto forma parte del duelo, y es de lo más normal. No te agobies, además, si cuando llegas a casa te parece haber discutido con medio mundo. Es cierto, nadie te entiende, y no los culpes a ellos, porque eres tú quién está en tu pellejo, y nadie más. Te verás muy solo. Sentirás el aliento del mundo contra ti.

No habrá ninguna persona que te sepa consolar, ni familia, ni amigos, ni nadie acertará con lo que te pase, por mucho que te esfuerces en explicarlo. Normal.

Pensarás que es culpa tuya, repasarás de cabeza lo que hiciste en los últimos doce meses y te obsesionarás con encontrar dónde estuvo el fallo y eso, te lo aseguro, es normal.

A tu pareja le pasará tres cuartos de lo mismo, discutiréis más que nunca, el silencio se apoderará de vuestro hogar y llorarás cuando no te vea sólo por evitar que ella vuelva a llorar aún más. Normal, normal, normal, todo normal…

No soportarás ver a otros padres felices por la calle, sosteniendo orgullosos a sus bebés perfectos, en su brazos, con sus caritas de anuncio y, en serio, es más normal de lo que crees.

Tratarás con médicos de todos los colores y condición y te harás la cabeza un lío. Empezarás a manejar unos términos que un año atrás desconocías y comenzarás a juntarte, en las consultas de esos mismos médicos, con otros padres cuyos rostros empezarán a serte familiares. Y te quedarás observando más de una vez, sin quererlo, las caras de sus niños, y verás en ellos cada día más normalidad.

Mirarás de frente al miedo, volverás a la pizarra imaginaria sobre tu cama, y un día la borrarás por completo y se te quedará pequeña escribiendo un millón de veces “TODO SALDRÁ BIEN”, en mayúsculas para que se te quede mejor.

Te asomarás a la cuna, a solas, y descubrirás lo hermoso que guardas en ella, y con el tiempo, te sonreirá y así te ganará para siempre. Y será de lo más normal.

Ya se te hará cada vez menos lío lo que escuches de esos médicos, aprenderás a interpretarlos y extraer de sus extraños jeroglíficos sólo mensaje positivo, y te obligarás a verlo siempre normal.

Pasarán las semanas, los meses, y llegarán los primeros avances de tu hijo. Los frentes serán menos, las noches tomarán un ritmo más llevadero, pasarás menos por urgencias y habrá algo de estabilidad, y casi ni recordarás cómo empezó todo.

Volverás a hablar con tu pareja, y a hacerla sonreír como antes si no más. Os veréis unidos, perfectamente sincronizados. Cuando ella se resfríe tú estornudarás, cuando tú te emociones ella llorará y, desde luego, con cada ruido a medianoche, los dos os sobresaltaréis casi a la par.

Ya os dará igual que los demás no lo vean normal, porque para vosotros no cabe otra perspectiva. Habréis superado, casi sin daros cuenta, una de las fases más duras de vuestra vida y comenzaréis, también sin verla venir, la más feliz que os quede por disfrutar.

Encima de tu cama ya no habrá más pizarras, sólo habrá un techo de negro corcho en el que irás colgando, noche tras noche, cualquier tonta imagen de tu niño que se te haya quedado en la retina durante el día y, para coger el sueño rápido, ya tendrás tu propio truco, y la observarás. Y eso es y, será por siempre, absolutamente normal.