a soñar…

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Mi niña duerme con gafas. Y creo que no ha nacido quien sea capaz de quitárselas antes de dormir. Sabe que, si se las quitas, significa que toca ir terminando el día y, claro, se aferra a ellas estirando el minutero todo lo que puede y más, confiando en poder jugar un poco hasta que se le cierren los ojillos. Luego, cuando ya se queda frita, se le quitan con mucho cuidado, como un artificiero en su tarea.

Hace gracia. Estuvimos buscando algún sentido a esa manía suya de las gafas y, por pensar, llegamos a delirar creyendo que iban a ser mágicas de verdad, y que las querría para usarlas también en sueños. Vete tú a saber. Pero, no, está descartado. Cuando duermes no entiendes de dioptrías, eso está claro. De modo que llegamos a esa conclusión y tiene todo el sentido del mundo.

Pero habría estado bien, que la niña, dormitando, siguiese viendo su mundo a su manera, eso explicaría por qué a veces incluso sonríe mientras duerme.

Supongo que seré yo el que, después de jugar con ella, se deja todavía las “gafas mágicas” puestas y, claro, luego sueño lo que sueño. Es curioso. Juraría que la he soñado más de una vez de pie, pero nunca andando ni corriendo.

Tiene cuatro años y medio, y estamos acostumbrados a verla siempre, siempre, sentada; en el suelo, en su sillita, en el asiento pélvico… Uno no se acostumbra a la imagen a dos pies de la pequeñaja, y os puedo asegurar que impresiona, aunque sea en sueños. desde luego, esos sueños engordecen tus ganas de seguir intentándolo al día siguiente, vaya si lo hacen.

Dicen que, con la intensidad con que se viven los sueños, uno podría alimentarse sólo a base de lo que come de noche a noche, roncando, y que podría levantarse con tal saciedad que no le entraría ni un suspiro en la boca. Barbaridad bárbara, ya lo sé. Pero estaría bien.

Estaría bien que lo que ves y vives en un sueño, al despertar, siguiese ahí, para disfrutarlo un ratito más aún, ¿verdad? Eso sería grande, enorme, colosal, si yo tuviera mis sueños vivitos y coleando frente a mí, cuna vez despierto.

Por si acaso, seguiré empeñándome en perseguir sueños, a ver si lo consigo. A ver si más pronto que tarde veo a mi niña a dos pies, como quien no quiere la cosa, participando de la conversación de los mayores, como hacen los niños de su edad, entrometiéndose hasta el punto de tener que llamarle la atención.

Me encantaría, a ver si, por ejemplo, en la próxima revisión que tengamos de sus caderas, con el traumatólogo, nos da un sorpresón y se mantiene ella solita de pie, aunque fuera por unos segundos, como una niña grande.

Angelito mío. Seguro que sí, que pronto llegará… Mientras tanto, ea, a soñar, algo parecido a esto…

P.D.: Gracias a todos, Juan, Sandra, Vero, Cristina, Rosalía y Javier Albiñana. Estáis haciendo un trabajo estupendo, y sólo ver esta imagen mil y una veces, y ponernos la piel de gallina otras tantas, sin estar soñando, bien nos vale cualquier pena.

 

 

volver a volver

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El que ha pasado por una convulsión de su hijo tiene ya una buena idea de lo que es el miedo. Hay convulsiones y convulsiones. Me refiero, no a una de ésas de sólo ver un cuerpo rígido y tembloroso, sino a ésas que le vuelven el rostro completamente morado, falto de respiración y que, por más que te aseguran que la crisis pasará, sabes que no te acostumbrarás jamás a ello. Por más que vuelvas a verlo, nunca logras evitar el pensar que se te va al otro barrio en tus propios brazos.

Lo siento, por ser tan explícito, pero no soy capaz de quitármelo de la cabeza. Llevábamos tiempo sin vivir una de esas crisis. Tras casi un año sin acordarnos lo que era eso, volvimos a sentirlo intensamente hace unos días.

Otra vez, volver a volver, a dónde no hubiésemos querido hacerlo, al hospital; otra vez volver al miedo al miedo, que se asoma a la ventana de tu mente de vez en cuando para recordarte que siempre estará ahí, y que manda sobre tu tranquilidad, porque tú eres la parte frágil de tu propia vida. Es más, el miedo se atreve a tocar la más sensible de tus fibras: tus hijas. Y, ahí, ya prefieres morir antes de que les pase nada.

Otra vez, volver a ponerte en guardia cada noche, aprendiendo de nuevo a dormir con un ojo cerrado y otro puesto en su cuarto, en su cama, y los sentidos en el intercomunicador. Otra vez, volver a recibir la visita de los monstruos del insomnio, que cuelgan de tus ojeras a la mañana siguiente, sin que puedas ocultarlo fácilmente.

Otra vez, a hacerte las mismas preguntas, a repasar de arriba a abajo tu rutina más simple, para identificar dónde has podido fallar. Y te martirizas, y no dejas de darle vueltas a dudas que ya pensabas solventadas, y rescatas la perdida sensación de que volverá a suceder, y te invade de nuevo las ganas de llorar, de pura impotencia.

Luego, otra vez, vuelve el antídoto natural más eficaz que he visto en mi vida, la primera sonrisa al despertar de tu hija, que te va llenando lentamente de las fuerzas que necesitabas. Lo juro, que no hay cosa más reconfortante que eso, verla sonreír, como si nada, ajena a vías, camas y aparatos que pitan y brillan a su alrededor. Ella, a lo suyo, como tiene que ser. Y tú no puedes más que de devolverle la sonrisa, en señal de complicidad.

Y, al verla bien, vuelves a renacer, y vuelves a centrarte en lo que importa. Y vuelves a mandar a la mierda todo aquello que no te aporta nada, y te apartas de las personas tóxicas de tu entorno, y te acercas a las que saben cuándo los necesitas, y nunca te fallan, y siempre están con una llamada, con una visita a deshoras al hospital para traerte algún juguetillo para la niña o algo para comer entre cuatro. Y los que se rifan a la hermana para hacerse cargo de ella… En fin, estas cosas te unen más aún a tu gente, y te sirven para tenerlas bien identificadas y bien cerquita.

Coges la indirecta y vuelves a poner los pies en la tierra. Vuelves a salir del hospital y vuelves a tomar aire cruzando los dedos por tardar en pisar de nuevo esa casa, pero lo haces obsesionado más si cabe en aprovechar cada minuto junto a tus hijas, en jugar más con ellas y verlas crecer con una sonrisa siempre en la boca.

Volver a volver, para volver a donde estabas justo antes de volver. No sé si me explico, pero yo me entiendo.