caricias de esparto

“No puedes parar el tiempo, pero puedes no perderlo”. Esa frase la leo todos estos días de verano cuando doy una vuelta con la pequeña por el Paseo Marítimo de Torrox. Está grabada en un monumento que representa el paso del tiempo, con un imponente reloj de sol. Inevitablemente, me obliga a darle vueltas a la cabeza a medida que voy empujando el carrito de la niña.

Soy consciente, de ese paso del tiempo, digo. De lo frío que llega a ser al dejarse páginas del calendario sin importarle si pudiste o no cumplir con la segunda parte de esa máxima. En términos generales, me doy por satisfecho.

Sin ir más lejos, hace un año pasamos un verano “inolvidable”, con la operación de sus caderas, aunque no me preocupa tenerlo ahí en la memoria, porque, sencillamente, estoy convencido de que hará mejor a cualquier otro verano que tenga que venir. Hoy sólo hay que verla, disfrutando de la playa o la piscina, sin parar de mover sus piernas todavía canijillas, endebles, pero tan achuchables como siempre.

 

El trabajo con ella de este último año ha sido frenético. Desde lo cognitivo hasta lo motórico pasando por lo sensorial y la logopedia. No hay color entre la Merceditas de este año con la de hace doce meses. La niña se comunica como nunca, aún casi sin hablar, pero manejando adelante y atrás las páginas de su cuaderno con fotos de su entorno, de las cosas y personas que conoce, y te pide a gritos avanzar más, aprender más, trabajar más, mientras se piensa que todo sigue siendo un juego.

 

Claro que soy consciente del paso del tiempo, que no es ni cruel ni benévolo con nadie, simplemente, da sus pasos de forma irremediable. Ahí seguimos, aprovechándolo, sin perder ni un mísero segundo.

Visto desde fuera, sin conocerla, podrá saber a poco, pero para mí es un éxito mayúsculo descubrir en ella cositas propias de niños de un par de años menos pero, desde luego, la evolución es innegable, y no tiene pinta de parar en el corto o medio plazo.

Muy consciente, cada vez, y no son pocas, que la cojo en brazos para pasarla de un lugar a otro, y no puedo evitar pensar hasta cuándo seremos capaces su madre y yo de seguir cogiéndola a pulso, porque ya pesa lo suyo. Nada, seguro que más pronto que tarde los fisios nos darán la noticia que tanto llevamos esperando, y vayan confirmando que ya se puso de pie, y que los pasos en la teoría se van cumpliendo también en la práctica.

Claro que siento el paso de los meses, y que otros niños más pequeños la adelantan por izquierda y derecha, pero de verdad que no me importa, porque lo que veo me impideser negativo. En el momento del juego, del baño, de la comida o de irse a dormir, tenemos una niña completamente distinta a la que teníamos hace un verano y esto marcha. Y no es sólo cosa mía, sino que es lo que nos transmite cualquiera y que llega a tratarla.

Es un gustazo enorme, indescriptible por la inédita sensación de estar siempre jugando al límite de sus fuerzas. Como una caricia con un guante de esparto que, mientras sea eso, una suave caricia, es agradable y gusta pero, un poco más fuerte, araña o incluso puede doler. Más aún si la caricia es al corazón.

Visita la web de la Fundación Miaoquehago, de ayuda a niños con problemas de desarrollo descubre cómo colaborar con nosotros.

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