mis miedos

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Los guardo en un tarro de cristal, de esos de IKEA que la gente usa para custodiar galletas de chocolate, o chuches, o qué sé yo. En ese frasco tengo todos y cada uno de mis miedos, no por gusto ni por coleccionarlos, sino por tenerlos controlados. Dicen que ésa es la mejor forma de que tus miedos no te puedan, de que no te agobien, tenerlos a buen recaudo y sacarlos de vez en cuando, para esparcirlos sobre una mesa y así recordar qué es lo que te hace vulnerable. Pues, eso hago yo.

Te veo jugar, a lo tuyo, con unas campanitas de colores, y decido que es buen momento para pasar revista a mis miedos. Eso me hace bajar de las nubes, y saberme tan frágil como mis miedos quieran que sea.

Tengo muchos. Para qué engañarme. Pero, cada vez menos.

Miedo a que crezcas, y a que no lo hagas; a que un día dejes de avanzar; a que no te entienda, a que no me entiendas; miedo a que tu hermana nos reproche no haber estado más para ella; a que no sepamos ayudarte más; a fallarte, en lo que sea; a que un día faltemos tu madre o yo; a que dejes de sonreírme; miedo a que, entre los niños, allá afuera, se esconda algún monstruo; tengo miedo a que te pase cualquier cosa, ya ves.

No puedo evitarlo, me da miedo si pienso que la genética puede guardarnos aún alguna sorpresa, no lo soportaría; miedo a no poder ayudarte, a que nos estemos equivocando en algo a que nos quedemos cortos contigo, con tus terapias; miedo a que el tiempo vuele, a que la niña que guardas dentro tenga prisa por salir, y luego la mujer; miedo, miedo, miedo.

A que llegue un momento en que no sepa ser más optimista, a que nos demos por vencidos, a que demos la razón a quien no apueste por ti.

Me reconforta saber que faltan miedos, de otros que tuve en el pasado, y que ya ni me acuerdo. Miedos que dolieron tanto que es imposible echar de menos.

Ya está. Después del recuento, devuelvo mis miedos a su sitio. Al igual que se hace con las galletas de chocolate o las chuches, ahí es donde mejor están. Mejor no tocarlas, por mi salud, dieta de miedos. Me basta con saber dónde los tengo guardados, y no me apetece volver a destapar ese dichoso tarro hasta dentro de una larga temporada.

Porque mis miedos son muchos, pero los tengo controlados, son pequeñitos, y no voy a dejar, por un sólo momento, que me impidan disfrutar, por ejemplo, de ver cómo juegas a lo tuyo, con tus campanitas de colores.

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a soñar…

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Mi niña duerme con gafas. Y creo que no ha nacido quien sea capaz de quitárselas antes de dormir. Sabe que, si se las quitas, significa que toca ir terminando el día y, claro, se aferra a ellas estirando el minutero todo lo que puede y más, confiando en poder jugar un poco hasta que se le cierren los ojillos. Luego, cuando ya se queda frita, se le quitan con mucho cuidado, como un artificiero en su tarea.

Hace gracia. Estuvimos buscando algún sentido a esa manía suya de las gafas y, por pensar, llegamos a delirar creyendo que iban a ser mágicas de verdad, y que las querría para usarlas también en sueños. Vete tú a saber. Pero, no, está descartado. Cuando duermes no entiendes de dioptrías, eso está claro. De modo que llegamos a esa conclusión y tiene todo el sentido del mundo.

Pero habría estado bien, que la niña, dormitando, siguiese viendo su mundo a su manera, eso explicaría por qué a veces incluso sonríe mientras duerme.

Supongo que seré yo el que, después de jugar con ella, se deja todavía las “gafas mágicas” puestas y, claro, luego sueño lo que sueño. Es curioso. Juraría que la he soñado más de una vez de pie, pero nunca andando ni corriendo.

Tiene cuatro años y medio, y estamos acostumbrados a verla siempre, siempre, sentada; en el suelo, en su sillita, en el asiento pélvico… Uno no se acostumbra a la imagen a dos pies de la pequeñaja, y os puedo asegurar que impresiona, aunque sea en sueños. desde luego, esos sueños engordecen tus ganas de seguir intentándolo al día siguiente, vaya si lo hacen.

Dicen que, con la intensidad con que se viven los sueños, uno podría alimentarse sólo a base de lo que come de noche a noche, roncando, y que podría levantarse con tal saciedad que no le entraría ni un suspiro en la boca. Barbaridad bárbara, ya lo sé. Pero estaría bien.

Estaría bien que lo que ves y vives en un sueño, al despertar, siguiese ahí, para disfrutarlo un ratito más aún, ¿verdad? Eso sería grande, enorme, colosal, si yo tuviera mis sueños vivitos y coleando frente a mí, cuna vez despierto.

Por si acaso, seguiré empeñándome en perseguir sueños, a ver si lo consigo. A ver si más pronto que tarde veo a mi niña a dos pies, como quien no quiere la cosa, participando de la conversación de los mayores, como hacen los niños de su edad, entrometiéndose hasta el punto de tener que llamarle la atención.

Me encantaría, a ver si, por ejemplo, en la próxima revisión que tengamos de sus caderas, con el traumatólogo, nos da un sorpresón y se mantiene ella solita de pie, aunque fuera por unos segundos, como una niña grande.

Angelito mío. Seguro que sí, que pronto llegará… Mientras tanto, ea, a soñar, algo parecido a esto…

P.D.: Gracias a todos, Juan, Sandra, Vero, Cristina, Rosalía y Javier Albiñana. Estáis haciendo un trabajo estupendo, y sólo ver esta imagen mil y una veces, y ponernos la piel de gallina otras tantas, sin estar soñando, bien nos vale cualquier pena.

 

 

volver a volver

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El que ha pasado por una convulsión de su hijo tiene ya una buena idea de lo que es el miedo. Hay convulsiones y convulsiones. Me refiero, no a una de ésas de sólo ver un cuerpo rígido y tembloroso, sino a ésas que le vuelven el rostro completamente morado, falto de respiración y que, por más que te aseguran que la crisis pasará, sabes que no te acostumbrarás jamás a ello. Por más que vuelvas a verlo, nunca logras evitar el pensar que se te va al otro barrio en tus propios brazos.

Lo siento, por ser tan explícito, pero no soy capaz de quitármelo de la cabeza. Llevábamos tiempo sin vivir una de esas crisis. Tras casi un año sin acordarnos lo que era eso, volvimos a sentirlo intensamente hace unos días.

Otra vez, volver a volver, a dónde no hubiésemos querido hacerlo, al hospital; otra vez volver al miedo al miedo, que se asoma a la ventana de tu mente de vez en cuando para recordarte que siempre estará ahí, y que manda sobre tu tranquilidad, porque tú eres la parte frágil de tu propia vida. Es más, el miedo se atreve a tocar la más sensible de tus fibras: tus hijas. Y, ahí, ya prefieres morir antes de que les pase nada.

Otra vez, volver a ponerte en guardia cada noche, aprendiendo de nuevo a dormir con un ojo cerrado y otro puesto en su cuarto, en su cama, y los sentidos en el intercomunicador. Otra vez, volver a recibir la visita de los monstruos del insomnio, que cuelgan de tus ojeras a la mañana siguiente, sin que puedas ocultarlo fácilmente.

Otra vez, a hacerte las mismas preguntas, a repasar de arriba a abajo tu rutina más simple, para identificar dónde has podido fallar. Y te martirizas, y no dejas de darle vueltas a dudas que ya pensabas solventadas, y rescatas la perdida sensación de que volverá a suceder, y te invade de nuevo las ganas de llorar, de pura impotencia.

Luego, otra vez, vuelve el antídoto natural más eficaz que he visto en mi vida, la primera sonrisa al despertar de tu hija, que te va llenando lentamente de las fuerzas que necesitabas. Lo juro, que no hay cosa más reconfortante que eso, verla sonreír, como si nada, ajena a vías, camas y aparatos que pitan y brillan a su alrededor. Ella, a lo suyo, como tiene que ser. Y tú no puedes más que de devolverle la sonrisa, en señal de complicidad.

Y, al verla bien, vuelves a renacer, y vuelves a centrarte en lo que importa. Y vuelves a mandar a la mierda todo aquello que no te aporta nada, y te apartas de las personas tóxicas de tu entorno, y te acercas a las que saben cuándo los necesitas, y nunca te fallan, y siempre están con una llamada, con una visita a deshoras al hospital para traerte algún juguetillo para la niña o algo para comer entre cuatro. Y los que se rifan a la hermana para hacerse cargo de ella… En fin, estas cosas te unen más aún a tu gente, y te sirven para tenerlas bien identificadas y bien cerquita.

Coges la indirecta y vuelves a poner los pies en la tierra. Vuelves a salir del hospital y vuelves a tomar aire cruzando los dedos por tardar en pisar de nuevo esa casa, pero lo haces obsesionado más si cabe en aprovechar cada minuto junto a tus hijas, en jugar más con ellas y verlas crecer con una sonrisa siempre en la boca.

Volver a volver, para volver a donde estabas justo antes de volver. No sé si me explico, pero yo me entiendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

tú sonríes, yo babeo

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Llevamos ya un mes de curso escolar y la peque no me puede tener más contento. Nuestras expectativas se cumplen, y de qué manera. Está imitando todo lo que ve a otros niños a su alrededor, hasta el punto de comenzar a pedir pasar por el baño, como hacen ellos, aunque no domine todavía muy bien la técnica.

Es un personaje, y va creciendo, y va haciendo cosas que nos obligan a darnos cuenta de su evolución. Sigue sin hablar, pero cada vez sabe mejor cómo hacerse entender con la gente, con nosotros.

La otra noche llevaba un rato ya en la cama, dando las buenas noches a su hermana, hablando de nuestras cosas. Cuando me levanté, la pequeña llamaba mi atención, “¡ha, ha!”. “¿Qué te pasa, Merceditas?”. Me sonreía y daba golpecitos en la cama para que me echara a su lado, invitándome con una sonrisa hermosísima en la boca. “¿Tú también me quieres contar lo que has hecho en el cole?”, asentía con la cabeza y se ponía nerviosísima al ver como yo hacía por saltar la valla antivuelco para acostarme a su vera. Al momento comenzó a charlotear, haciendo como si soltara un gran discurso, “na, na, na…”, y entonces yo ya me quería morir de ternura…

Significa una barbaridad de avances para nosotros todo eso, que sea consciente de en qué momento está siempre en el colegio, que esté pendiente de lo que hace su hermana y que reclame también su atención para hacer la cosas de niñas mayores, como charlar con su padre antes de dormir. Sencillamente impresionante.

Todo eso es cosa del desarrollo, y estoy más que convencido de que algo tiene que ver, mucho, la autonomía que está ganando desde que usa un artilugio a modo de sillita de ruedas, más parecido a un juguete a un objeto de ortopedia. Va donde quiere y como quiere, investiga, curiosea, vamos, lo que hacen los niños a cierta edad.

Creo que ha llegado, por fin, un estímulo con mayúsculas, y que os va a mostrar sus frutos este años de una forma espectacular.

Además, con eso, se ha venido arriba, y cada vez trabaja más y mejor la posición erguida, en el andador. Los fisios están haciendo un trabajo excepcional y ella lo está dando todo. Tiene ganas de comerse el mundo y no hay quien pueda con esa energía. Ya no quiere dormir siesta, sino jugar a todas horas.

Se da cuenta de que, si se esfuerza, cualquiera puede entenderla, y ahí está, empeñada en conseguir casa cosilla que se le antoja. Y parlotea, y charla, y gesticula, e incluso baila siguiendo torpe y dulcemente las coreografías que ve en la tele.

En fin, una locura de pasitos que se van sumando con todos los que ya llevaba, pero cogiendo más y más carrerilla. Impresionante. Dejadme que siga babeando…

caricias de esparto

“No puedes parar el tiempo, pero puedes no perderlo”. Esa frase la leo todos estos días de verano cuando doy una vuelta con la pequeña por el Paseo Marítimo de Torrox. Está grabada en un monumento que representa el paso del tiempo, con un imponente reloj de sol. Inevitablemente, me obliga a darle vueltas a la cabeza a medida que voy empujando el carrito de la niña.

Soy consciente, de ese paso del tiempo, digo. De lo frío que llega a ser al dejarse páginas del calendario sin importarle si pudiste o no cumplir con la segunda parte de esa máxima. En términos generales, me doy por satisfecho.

Sin ir más lejos, hace un año pasamos un verano “inolvidable”, con la operación de sus caderas, aunque no me preocupa tenerlo ahí en la memoria, porque, sencillamente, estoy convencido de que hará mejor a cualquier otro verano que tenga que venir. Hoy sólo hay que verla, disfrutando de la playa o la piscina, sin parar de mover sus piernas todavía canijillas, endebles, pero tan achuchables como siempre.

 

El trabajo con ella de este último año ha sido frenético. Desde lo cognitivo hasta lo motórico pasando por lo sensorial y la logopedia. No hay color entre la Merceditas de este año con la de hace doce meses. La niña se comunica como nunca, aún casi sin hablar, pero manejando adelante y atrás las páginas de su cuaderno con fotos de su entorno, de las cosas y personas que conoce, y te pide a gritos avanzar más, aprender más, trabajar más, mientras se piensa que todo sigue siendo un juego.

 

Claro que soy consciente del paso del tiempo, que no es ni cruel ni benévolo con nadie, simplemente, da sus pasos de forma irremediable. Ahí seguimos, aprovechándolo, sin perder ni un mísero segundo.

Visto desde fuera, sin conocerla, podrá saber a poco, pero para mí es un éxito mayúsculo descubrir en ella cositas propias de niños de un par de años menos pero, desde luego, la evolución es innegable, y no tiene pinta de parar en el corto o medio plazo.

Muy consciente, cada vez, y no son pocas, que la cojo en brazos para pasarla de un lugar a otro, y no puedo evitar pensar hasta cuándo seremos capaces su madre y yo de seguir cogiéndola a pulso, porque ya pesa lo suyo. Nada, seguro que más pronto que tarde los fisios nos darán la noticia que tanto llevamos esperando, y vayan confirmando que ya se puso de pie, y que los pasos en la teoría se van cumpliendo también en la práctica.

Claro que siento el paso de los meses, y que otros niños más pequeños la adelantan por izquierda y derecha, pero de verdad que no me importa, porque lo que veo me impideser negativo. En el momento del juego, del baño, de la comida o de irse a dormir, tenemos una niña completamente distinta a la que teníamos hace un verano y esto marcha. Y no es sólo cosa mía, sino que es lo que nos transmite cualquiera y que llega a tratarla.

Es un gustazo enorme, indescriptible por la inédita sensación de estar siempre jugando al límite de sus fuerzas. Como una caricia con un guante de esparto que, mientras sea eso, una suave caricia, es agradable y gusta pero, un poco más fuerte, araña o incluso puede doler. Más aún si la caricia es al corazón.

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¡vamos, patos..!

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Hace algunas semanas, dando una charla para estudiantes de la Universidad Loyola, tuve un episodio que todavía hoy me ronda la sesera.

Estaba yo escuchando al anterior ponente, ordenando en mi cabeza un guión de lo que más o menos quería contar al público ese día acerca de todo lo que rodea a Miaoquehago cuando, se abrió la puerta y entró una chica en una silla de ruedas. Doy por hecho que era estudiante. Tenía sólo movilidad superior y conducía su silla gracias a una palanca que manejaba con la barbilla.

Confieso que me cambió los esquemas. Me impresionó contar con ella como espectadora en primera fila.

Comienzo mi discurso y consigo captar la atención de los presentes. Hablo de todo un poco, incluso me bajo al barro y me sincero con ellos hasta el punto de que se me quebrara la palabra en algún momento. Estuvo bien. Disfruté. En el turno de preguntas, una voz, femenina. Busco a su dueña, que no levanta la mano, simplemente, porque no puede. Es la chica que se incorporó sobre la marcha.

Me hace dos preguntas, y la segunda me pilla con el pie cambiado: “en tu opinión, ¿crees que la sociedad cambiará de una vez por todas? Estoy cansada de ver cómo a la gente se le llena la boca con la “inclusión” y la “integración” pero no termino de verlo. ¿De verdad ves un cambio en todo esto?”

Me pongo a su altura y me siento sobre la mesa del aula, que está detrás mía. Quería dar una respuesta totalmente sincera, sin rodeos y sin palabras vacías, y necesitaba conexión directa con sus ojos: “mira, sé que no lo habrás pasado bien en multitud de ocasiones; sé que te costará una barbaridad creerme, pero lo veo así. Si me has escuchado estos minutos, habrás comprobado que soy un optimista convencido. Algo está cambiando, lo tengo claro. Algo hicieron mal nuestros padres, que mantuvieron una línea invisible para protegeros a vosotros y que no os molestáramos nosotros. Es complicado, pero tienes que confiar en la gente. Si te soy sincero, hace cuatro años, incluso a mí me hubiera costado hablarte así, cara a cara, sin tener que tragar saliva. Pero estoy más que convencido que la cosa está cambiando porque lo veo en gestos en señales. Por ejemplo, gracias a las redes sociales, miles de personas ven, en la intimidad de sus casas y sus móviles, se sensibilizan e incluso se emocionan con multitud de videos de superación protagonizadas por gente que no lo tiene nada fácil. Esa viralidad no es por nada. Eso está haciendo mella a favor de la inclusión. Cuando no eran siquiera capaces de mirarte a la cara, ahora se interesan y valoran el esfuerzo que ven en esas experiencias. No te quepa duda, esto cambia y no hay quien lo pare. Aunque me temo que no tan rápido como tú quisieras, pero sí que me da que tú vas a ser testigo dentro de unos años de diferencias extraordinarias con el mundo que tocó vivir, y te sentirás más que orgullosa de haber contribuido a ello”.

No estaba terminando mis palabras cuando vi dos lágrimas salir de sus ojos, que me impactaron como pocas cosas antes, pero entendí que había captado el mensaje y que lo daba por bueno.

De verdad creo que no tendrá nada que ver el escenario de aquí a unos años con el que tocó vivir a miles de familias en el pasado. Incluso ahora, con la tecnología, personas como esa chica pueden ser parte o incluso dirigir una empresa sin que nadie repare en sus limitaciones, sólo en sus habilidades. En este mundo digital, no tenemos ni idea de con quien estamos tratando al otro lado del teléfono del teclado o del teléfono, y nos da igual.

Además, cada vez suenan más altos los ejemplos de reconocimiento por la sociedad de los casos de superación más populares, desde Pablo Pineda hasta el Mangui.

Si todos nuestros chicos fueran “patitos feos”, de esos que todavía les queda sacar el “cisne” que llevan dentro, no me cabe la menor duda de que se acercan buenos tiempos para ellos. Será una auténtica revolución de “lo diferente” en todos lo sentidos, en el deporte, la empresa, las artes, la moda, o la comunicación. Estoy deseando verlo, sin complejos de ningún tipo…

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tres y pico, casi cuatro

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Como los años que ya tienes, tres y pico, casi cuatro. Con esos mismos, tu hermana ya nos daba discursos en siete idiomas, inventados todos, pero sonaban convincentes. Tú te lo estás tomando con calma para eso de hablar.

Tres y pico, casi cuatro, los besos que te debo por salir cada mañana con mis prisas, siempre corriendo. Y tres y pico, casi cuatro, los que tú me das cuando quieres que te haga más caso del que te hago, por conseguir algún que otro juguete o lo que quiera que tenga yo entre manos y se te antoje a ti en ese momento.

Tres y pico, casi cuatro, las veces que te bañaría al día, sólo por verte jugar, chapoteando y llenando todo de agua a tu alrededor. Tres y un pico muy largo, casi cuatro, las horas que te pasarías tú en esa misma bañera, ya lo dejas claro berreando cada vez que te intentamos sacar de ella, sirena.

Tres y pico, casi cuatro, los sorbos que has aprendido a dar a tu vaso especial, todo un logro para los que te venimos siguiendo desde hace tiempo, a ver si ya lo conseguías y, fíjate, ya es tuyo. Y tres casi rozando los cuatro, los metros que eres capaz de moverte, a tu manera, arrastrando el pañal cuando quieres llegar hasta algo.

Casi cuatro, tres y pico, las pocas manías que tienes, pero son tuyas y que hay que respetártelas como al que más, si no queremos que te pilles un buen berrinche. Y que me gusta a mí que los pilles…

Tres y pico, casi cuatro, los que ya nos sentamos en el salón, frente a la tele las noches del fin de semana, que tú vas haciéndote más niña y menos bebé, y a nosotros se nos cae la baba con la estampa.

Tres y pico, casi cuatro o más, las veces que tendremos que ir tu madre o yo a convencerte para que te duermas, pidiendo jarana con tus risas- Y tres y pico para un lado, y casi cuatro para otro, las que te meceré en brazos mirándote a los ojos, como si hablaran solos. Y otras tres o cuatro, o más, las que nos harás levantarnos por la noche y tendremos que negociar, y acabarás, como siempre en nuestra cama, que ya es mucho más tuya que nuestra. Qué se le va a hacer…

Tres veces y pico, casi cuatro, te pienso durante todo el día, y tres y pico te vuelvo a pensar y, con cada una de ellas, más de menos te echo. Más de tres y más de cuatro las voces que le daremos a tu hermana, para que tenga cuidado contigo, que la pasión con que abraza, sin medida, tampoco es buena.

Tres cosas y pico, apenas cuatro, son las que sólo ya me recuerdan que eres “especial”, porque yo te veo estupenda, genial. De verdad que, a veces, se me olvida por completo.

Tres y pico, casi cuatro, tres y pico, digo, los años que hace que te conozco, los mismos que me tienes así, loco perdido, enamoradito…

 

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