Mateo, y los corazones de jirafa

Mateo columpio

“Cuenta una leyenda china que existe, en el universo, un hilo rojo invisible, que conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo y la distancia. El Hilo puede tensarse o enredarse, pero NUNCA, romperse… y siempre he dicho que Mateo era ese cabito del hilo, el final de nuestra madeja, que era él y solo él… y que cada persona que se cruza en nuestras vidas, como vosotros, comienzan a enredarse en esos hilos para quedarse, para siempre, en ese tejido de sueños que es la vida.”

Esto nos dice Charo.

Llevamos tiempo sin contaros historias nuevas, y es que son semanas muy intensas dando ya forma a la fundación y liándonos más de lo que quisiéramos con mil y un frentes. El caso es que esta historia merece mucho ser compartida con todos vosotros.

Día sí y día no, nos llegan muchos correos, de otras familias que se sienten identificadas, que buscan alguna información, o que quieren darte ánimos o que, simplemente, quieren abrir sus casas de par en par para enseñarte la felicidad que reina en ellas.

En uno de esos correos, Charo nos presentó a su hijo, Mateo, y nos emocionó tantísimo que pedimos permiso a sus padres para hacer lo que estamos ahora haciendo. Ella es profesora de Educación Infantil desde hace 20 años.

Charo y su marido se informaron y prepararon todo el papeleo de adopción internacional hace algunos años. Antes de que resolvieran su solicitud, nació Martín, que ahora tiene 4 años y medio, y un papel fundamental en la vida de su familia.

Era tanta la felicidad traída por Martín a casa y la ilusión que habían puesto antes en aquello de la adopción que decidieron no cancelarla. Entonces les avisaron de la llegada de Mateo, de nueve meses de edad, al que tendrían que ir a buscar nada menos que al otro lado del mundo, a Nanging, en China.

Copio este párrafo porque fue más que emocionante leerlo en su correo original.

“Llegó al mundo solo… lo encontraron aún con el cordón un 12 de abril de 2013 y con 1’600 fue de cabeza a incubadora durante 4 meses… que para él fue un rincón de aislamiento sensorial… porque en China nadie les acaricia, nadie les toca, y menos si eres “débil” como nos dijo la guía y tienes el riesgo de morir… pero superó la incubadora, cogió peso y se pasó otros 5 meses tumbado en una hamaca mirando al techo…. y llegamos nosotros… y aquella cosita redonda nos miraba y sonreía a la hora y poco de estar en mis brazos… a sus 9 meses no sostenía la cabeza, no hacía presión con las manos, era como un muñeco de trapo… y sólo sabía mirarse una manita… el único juguete que tuvo durante 9 meses…”

Entre nosotros, los niños no vienen de París. Los niños vienen de donde quieren, y no por ello dejan de ser igual de niños. Resulta que Mateo presentaba ya alguna complicación cuando conoció a sus padres, por lo pronto, una neumonía importante que les hizo el viaje de vuelta inolvidable, en el peor de los sentidos posible.

Resulta, también, que por el tiempo que estuvo desatendido, mirando al techo, ese bebé generó un aplastamiento de su frágil cabecita, plagiocefalia. Algo más que superado por la medicina cuando se trata a tiempo que, por suerte, así fue con él con su supercasco de diseño y todo.

Resulta también, que al poco de traerlo a casa, sus padres fueron comprobando que el niño tenía una lesión cerebral, seguramente producida al nacer, lo que hacía más difícil su evolución, pero ahí está Mateo.

Pruebas, informes, consultas y nombres raros, y Mateo, a lo suyo, a jugar, con todo lo que pilla, y con su hermano mayor, Martín, que lo sigue bien de cerca. Y resulta que Mateo, destrozando estadísticas, un buen día se puso de pie y echó a andar, a su manera, a los dos años y cuatro meses. Y ahí sigue el chaval, creciendo y mejorando cada día, a pesar de su retraso madurativo.

Alguien cercano a la familia les llegó a preguntar por qué, teniendo ya un niño sano, se traían uno “roto” desde China, que eran ganas de complicarse la vida. Ingenuos, no saben que tú te traes un hijo, y que tu vida, que ya era complicada de por sí antes de conocer a Mateo, es entonces cuando comienza a tener sentido.

Y sigue caminando, más mal que bien, pero llegando a donde quiera, poniendo un pie tras otro, de puntillas, tambalaeándose como si estuviera en un barco en plena tormenta. Se cae, y su madre lo mira por si hiciera falta ayudarle, pero no suele ser así, porque Mateo se levanta solito y se sacude la vergüenza como quien se quita las migas de un bocata del pantalón, y sigue con lo suyo.

Dicen que la jirafa es la especie con el corazón más grande, y con diferencia, en cuanto a proporción, de todo el reino animal. Mateo crece y llegará todo lo alto que quiera. Y no me extrañará que sea mucho, rodeado como está de tantas jirafas.

jirafa 3Mateo y familia

 

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