Claro que duele, y es normal. Creo que me puedo hacer una idea de por lo que estás pasando ahora.
Imagino que aún no te crees lo que te acaban de decir y que sigues pensando que todo será un error del pediatra. Miras y miras a tu hijo, y lo ves ahí, dormidito, en su cuna, tan normal. No puede ser verdad.
Cuesta asumirlo, y es completamente normal. Pasarás las noches en tu cama, escribiendo con la mente en la pizarra de tu techo mil veces «no puede ser verdad, no puede ser verdad»… y, créeme, será una auténtica tortura, pero normal.
Todo lleva su tiempo, y que tu abras los ojos también. Tranquilo, no pasa nada. Todo esto forma parte del duelo, y es de lo más normal. No te agobies, además, si cuando llegas a casa te parece haber discutido con medio mundo. Es cierto, nadie te entiende, y no los culpes a ellos, porque eres tú quién está en tu pellejo, y nadie más. Te verás muy solo. Sentirás el aliento del mundo contra ti.
No habrá ninguna persona que te sepa consolar, ni familia, ni amigos, ni nadie acertará con lo que te pase, por mucho que te esfuerces en explicarlo. Normal.
Pensarás que es culpa tuya, repasarás de cabeza lo que hiciste en los últimos doce meses y te obsesionarás con encontrar dónde estuvo el fallo y eso, te lo aseguro, es normal.
A tu pareja le pasará tres cuartos de lo mismo, discutiréis más que nunca, el silencio se apoderará de vuestro hogar y llorarás cuando no te vea sólo por evitar que ella vuelva a llorar aún más. Normal, normal, normal, todo normal…
No soportarás ver a otros padres felices por la calle, sosteniendo orgullosos a sus bebés perfectos, en su brazos, con sus caritas de anuncio y, en serio, es más normal de lo que crees.
Tratarás con médicos de todos los colores y condición y te harás la cabeza un lío. Empezarás a manejar unos términos que un año atrás desconocías y comenzarás a juntarte, en las consultas de esos mismos médicos, con otros padres cuyos rostros empezarán a serte familiares. Y te quedarás observando más de una vez, sin quererlo, las caras de sus niños, y verás en ellos cada día más normalidad.
Mirarás de frente al miedo, volverás a la pizarra imaginaria sobre tu cama, y un día la borrarás por completo y se te quedará pequeña escribiendo un millón de veces «TODO SALDRÁ BIEN», en mayúsculas para que se te quede mejor.
Te asomarás a la cuna, a solas, y descubrirás lo hermoso que guardas en ella, y con el tiempo, te sonreirá y así te ganará para siempre. Y será de lo más normal.
Ya se te hará cada vez menos lío lo que escuches de esos médicos, aprenderás a interpretarlos y extraer de sus extraños jeroglíficos sólo mensaje positivo, y te obligarás a verlo siempre normal.
Pasarán las semanas, los meses, y llegarán los primeros avances de tu hijo. Los frentes serán menos, las noches tomarán un ritmo más llevadero, pasarás menos por urgencias y habrá algo de estabilidad, y casi ni recordarás cómo empezó todo.
Volverás a hablar con tu pareja, y a hacerla sonreír como antes si no más. Os veréis unidos, perfectamente sincronizados. Cuando ella se resfríe tú estornudarás, cuando tú te emociones ella llorará y, desde luego, con cada ruido a medianoche, los dos os sobresaltaréis casi a la par.
Ya os dará igual que los demás no lo vean normal, porque para vosotros no cabe otra perspectiva. Habréis superado, casi sin daros cuenta, una de las fases más duras de vuestra vida y comenzaréis, también sin verla venir, la más feliz que os quede por disfrutar.
Encima de tu cama ya no habrá más pizarras, sólo habrá un techo de negro corcho en el que irás colgando, noche tras noche, cualquier tonta imagen de tu niño que se te haya quedado en la retina durante el día y, para coger el sueño rápido, ya tendrás tu propio truco, y la observarás. Y eso es y, será por siempre, absolutamente normal.













