quién se ha llevado mi arcoíris…

mi arcoiris

Para un optimista convencido y compulsivo, caer en depresión puede ser de las peores cosas que le puede pasar. Los que sigáis asiduamente este blog, habréis notado que ha pasado más tiempo de lo normal desde la última entrada.

No es por nada y es por eso, que, precisamente el que se empeña en lanzar mensajes positivos desde estas teclas no estaba para muchas sonrisas.

Ya os digo, para alguien acostumbrado a ver todo con fácil solución, un bache semejante puede ser fatal. Se traduce en una desgana generalizada, en una interpretación gris y triste de cualquier acontecimiento y una falta de motivación absoluta, en todos los sentidos.

Me he pensado muy mucho escribir estas líneas. De hecho, han habido un par de intentos anteriores que he tenido que eliminar, porque quiero queremos que se contagie la magia, la ilusión por las cosas, y no este sentimiento tan rancio que tengo ahora.

Pero luego entendí que esto forma parte de la experiencia que estamos viviendo. Lo hemos dicho muchas veces, que no somos de hierro, que por muy buena cara que le pongamos al mal tiempo, los nubarrones terminan por llover, y por mojar la mirada de uno. Eso viene siendo permanente en estos días, unas ganas de llorar contenidas sin saber exactamente por qué.

Después de darle muchas vueltas, lo achaco al cansancio. Me da la impresión de llevar unos tres años sin descansar en condiciones, y no exagero mucho, la verdad. Cuando no es porque la peque se desvela -hasta tres y cuatro veces en una noche-, es porque el que se desvela soy yo, y no soy capaz de desconectar mi mente de mis problemas, mis ojos de mi techo ni mis oídos del cuarto de las niñas.

Demasiadas cosas encima de la mesa, demasiadas preocupaciones y fuegos por apagar. Y estoy convencido de que podremos con todos ellos, pero no puedo negar que desgasta muchísimo.

No puedo negar que se acusa mucho esta fatiga, y que me deja físicamente agotado y mentalmente derrotado. En fin, habrá que dejarse ayudar por quien sabe de esto. Aunque está claro que no puede durar para siempre…

Luego, me fijo en nuestros pequeños y eso tira de mi ánimo para arriba. Merceditas va aprendiendo más y mejor que nunca; a Sara la operaron hace unas semanas, y la campeona se está reponiendo con mucha paciencia y empeño; Isabel, la trilli, está para comérsela, siempre sonriendo; y al ver una foto el otro día de Sofía, a la que aún no conocéis pero pronto os presentaremos, donde parece ir gustándole lo de ponerse de pie, nos dio una ilusión tremenda.

En fin, como digo, para un optimista sin remedio como yo, la depresión es tan inexplicable como la calima para un esquimal pero, viendo cómo superan lo suyo nuestros pequeños luchadores, termino por convencerme de que no tengo ninguna excusa para seguir así, y que tengo que poner todos los medios para volver a encontrar el arcoíris entre tanto nubarrón. Por lo menos a querer buscarlo, como antes solía hacer, porque creo que he perdido mis gafas y no sé dónde las he puesto, pero seguro que ya aparecerán…

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