y sentarnos los dos juntos

juguetes

Hay golpes que, por más que los ves venir, no terminas de encajarlos del todo bien. Te preparas, te mentalizas y te conciencias de que serán así y así los tienes que recibir.

Esta semana le quitaron las escayolas a la niña. Por una parte, estamos muy contentos, y es algo muy positivo en toda su evolución. Por otra, no dejas de pensar que se ha tirado por tierra el trabajo de más de dos años para conseguir que la peque, por fin, se sentara. Sin dar ni un solo paso todavía, habíamos llegado ya bastante lejos y ahora, esto…

No se me entienda mal, somos optimistas, y sabemos que, a base de trabajo, esto se superará de nuevo recuperando la fuerza de antes y consiguiendo incluso que se ponga de pie. Pero no deja de ser una mazazo moral, de esos que te dejan al ánimo para pocas fiestas.

Es el verla tan débil, después de tanto tiempo sin moverse. Te esfuerzas, sonríes casi obligado por tu conciencia cuando, lo que te pide el cuerpo es echarte a llorar. Sabes que eso no sirve para nada, pero el cansancio ha hecho tal mella en ti que es inevitable tener momentos de derrota emocional.

Luego, la ves, tan poquita cosa y te vuelven las ganas de trabajar, sólo por verla de nuevo jugando y riéndose, con sus cosas. No hay otra, siempre lo hemos dicho, que trabajo, trabajo y más trabajo.

Es difícil, muy duro, hacer memoria de cómo hemos llegado a esta situación. Si se hubiera operado antes, no sabemos qué estaría haciendo ahora mismo. La vida nos está otorgando una experiencia nada fácil de tragar, y juega cono nosotros poniendo delante de nuestras narices todo tipo de profesionales en quien confiamos lo más preciado de nuestra casa. La suerte te guardará conocer a todo tipo de especialistas y tú tendrás que ir decidiendo a quien escuchar.

Tomamos decisiones, y esas decisiones nos entretuvieron un tiempo precioso, más de dos años, hasta ahora. Y es ahora cuando sientes que has tomado la decisión adecuada, que no cogiste en su momento por puro desconocimiento o por una desafortunada cita con el médico inadecuado.

«Ustedes tienen muchas expectativas en su hija». Ahí queda eso, y tardará en salir de mi cabeza.

De esa actitud a la que hemos descubierto en otro profesional, hay varios mundos de diferencia. Hemos tenido la suerte -tal cual- de dar con el doctor Albiñana, traumatólogo infantil, en Madrid. Desde antes de confiarnos a él ya marcaba, sin darse cuenta, las diferencias, sin necesidad de tirar un currículum impecable, que lo tiene.

Un trato exquisito, cercanísimo sin dejar de ser respetuoso con los sitios de cada uno. Una atención que supera lo habitual, informando desde quirófano a cada rato por aquello de tranquilizar a los padres. Una vía directa con el móvil en los dos sentidos, sin que quede en mero brindis al sol.

Sobre todo, una solución para las caderas de nuestra hija, que convence en la exposición y que va cumpliendo cada paso de los anunciados desde la primera cita. Eso ayuda a confiar y a volver a la senda del pensamiento positivo. Esperamos, y lo estamos viendo, que todo esto sirva para algo.

Han sido unos meses inolvidables, por la parte mala, y todavía cabe la posibilidad de que se quede sólo en eso.

No hay cosa que más desee más en este momento que pasar ya las hojas de septiembre y unas cuantas de octubre, confirmar que todo está en su sitio, empezar a trabajar con esas piernecitas para que ganen fuerza y volver, como hacíamos antes, a sentarnos los dos juntos, a descubrir su pequeño mundo donde, a cada mirada, le sigue un cielo de sonrisa. En fin, a por ello…

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