mil noventa y cinco

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Esta mañana no está siendo una cualquiera. Ésta es en la que cumples tres años en tu intensísima vida. Sé que te lo pasarás bien, como siempre, porque te conformas con muy poquito.

De verdad que no hubiese imaginado nunca que estos años fueran así. De como empezamos a como estamos ahora, hay una diferencia abismal y muchos ríos de lágrimas que se han derramado por el camino, y que es mejor olvidar y no saber a qué mar llegaron. Todo eso pasó, y hay que mirar para adelante.

Hay quien se pregunta por qué escribo, de vez en cuando, para ti, como si tú pudieras leer y entender esto. Créeme, lo harás, y para entonces ahí queda.

Si tuviera que resumir tu vida en sólo unos momentos, creo que me bastarían tres, sólo tres.

El primero fue, con mucho, el más raro de estos años. Fue el momento en que tú y yo nos conocimos. Bueno, quizás, cuando nos quedamos a solas, en Neonatos. Nos habían presentado un poco antes, salían contigo en un urna de esas de metacrilato, una incubadora, supongo.

Ibas escoltada por no sé cuantas enfermeras, y la pediatra hizo los honores, pero ahí no supe qué decir. Estaba preocupado. Qué digo, preocupado, estaba muerto de miedo.

Luego, te encontré en tu urna, descansando en bendita siesta, dormidita, con la carita y el cuerpo hinchados. Abrí una ventanita redonda, y te acaricié, sin querer molestarte. Siempre pensé que era yo el que lo decía, pero ahora entiendo que, de algún modo, fuiste tú la que metía en mi cabeza un único mensaje: “todo va a salir bien, tranquilos…”. Tuviste que ser tú, porque yo, con semejante perrerón, no sería capaz de articular palabra.

El segundo momento que tengo grabado a fuego, y que no olvidaré por más que lo intente, es reciente. El tremendo susto de estas navidades. Hago un esfuerzo por no entrar en detalle, aunque los tengo todos en mi cabeza. Todo quedó en eso, un susto de una mala noche, pero no me lo hagas mas. No lo soportaría.

El tercer momento va cambiando, y se refresca cada vez que voy a buscarte a la cama, para despertarte con cada nuevo día. La sonrisa que sueltas, absolutamente siempre, es el mejor recuerdo que me puedo llevar para trabajar.

No sé cómo te las apañas para estar eternamente contenta. No cambiaba por nada ni uno sólo de tus despertares.

Apenas hablas, pero me basta leer tus risueños labios e imaginarme lo que me vas a decir: “¿qué, Papá, damos otro pasito hoy?” Pasitos, no andas aún, pero eso es lo que no has parado de hacer desde nuestra primera charla en Neonatos. No has dejado ni un sólo día de avanzar, de superarte, muy despacito, y acostarte cada noche con la tranquilidad de haberte superado un poco más.

Así, pasito a paso, hoy juntamos nada menos que mil noventa y cinco pasos. No está mal, Merceditas. Nada mal… Felicidades, de tu hermana, tu madre y tu padre.

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